CUENTO: La Tercera Civilización
Las olas golpeaban el pequeño casco de madera del bote del pescador.
En este, se encontraba Luis, joven aun en edad, pero que la dura vida del mar había rasgado su cara y sus manos en surcos de ancianidad prematura,
Su vida, a pesar de todo, era placentera. No poseía otra cosa que su bote, dejado como herencia de un padre fallecido muy temprano y una madre que abandonó cuando el alcohol ya impedía siquiera que lo reconociera como hijo en vez de cliente.
Las noches de pesca, fuera de la rada, ocupaban toda su atención. Los lejanos murmullos que le relataban historias del planeta y de las estrellas, lo mecían en una semi-inconciencia aceptada. Los grandes buques de carga y turistas, no importaban. Ni siquiera el regateo de su mercadería que con tanto esfuerzo conseguía cada día.
Solo el mar y las enseñanzas secretas le producían la misma reacción que a un niño un dulce.
Cada vez que se alejaba de la costa, con las luces del anochecer del puerto a su espalda, le daba sentido a su vida.
Durante el día dormía casi siempre a bordo del bote, recordando las cosas escuchadas la noche anterior. Tenía una cama en la casa de una tía, pero prácticamente no la veía. Tampoco ella se preocupaba mucho por sus cosas, así que por que molestarse, se dijo cuando alguna vez le importó.
Durante las noches mas duras del invierno, cuando el frio y las olas se transformaban en el verdugo de los pescadores, acomodaba su bote entre dos mas grandes y caminaba hacia la punta de la escollera, para ver como la rompiente abrazaba las piedras con pasión.
Fue una de esas noches cuando tuvo su primera visión.
De golpe, entre las crestas de las olas, un fulgor se mostraba y escondía sobre el borde del horizonte. Se hacía fuerte y débil; lo llamaba con un canto invisible distinto al que ya conocía.
Duró solo unos minutos, pero la impresión que causó en su espíritu, fue lo suficientemente grande para saber que no era un fenómeno natural. Esto debería contarlo (no como las otras cosas). Así que, dejando de lado su mutismo habitual, fue a relatárselo a un grupo de pescadores (por supuesto todos mayores que el), que usualmente se juntaban en el bar del puerto.
Por supuesto, no lo tomaron muy en serio. Si bien cada tanto escuchaban historias así, era normal para ellos que un chico tan callado y metido en su mismo tuviera en su imaginación cosas de ese tipo. Era famosa su fascinación por el mar.
La aceptación benevolente de los pescadores fue obvia para Luis, así que todavía aún más, se encerró en su silencio esperando encontrar una respuesta que no llegaba desde sus amigos de las profundidades.
Cada noche que salio a pescar con posterioridad a su visión, fue un verdadero tormento por no encontrar las luces de nuevo, junto con ese extraño llamado.
Toda su atención estaba en el escrutinio del mar. A la pequeña red, solo la revisaba de forma mecánica. No prestaba atención siquiera a las enseñanzas que recibía por la noche.
En un atardecer del mes siguiente, en que casi no se podía navegar por las condiciones meteorológicas, se permitió caminar hasta la punta del espigón mientras esperaba que amainara un poco el ventarrón.
En el mismo instante que llegó, cuando el sol ya perdido en el horizonte solo dejaba su marca gris en el firmamento, vio nuevamente el fulgor.
No lo pensó más. Salió corriendo hacia su bote y prendiendo el motor encaro la mar embravecida detrás de la luz que cada vez que parecía tenerla a mano, se alejaba mas.
Ahora el chubasco era impresionante. El viento y las olas aun más. Su bote saltaba de un lado a otro, mientras las cuadernas crujían pidiendo auxilio por el esfuerzo.
A el no le importaba. Sabía que cuando su padre lo construyó, fue a conciencia, y todavía no había comenzado a pudrirse gracias al esmero con que lo cuidaba.
A veces, las olas dejaban fuera la hélice del motor, acelerando este hasta revoluciones insoportables.
Pero no importaba. Tenía una meta e iba a alcanzarla.
Ya habían pasado mas de cinco horas de navegación. Cambio por segunda vez el tanque de combustible. Estaba casi en un punto sin retorno y sabía que sin este, dado las corrientes imperantes, no se podría acercarse a la costa por mucho tiempo.
Nunca se había alejado tanto, excepto una vez, pero no en su bote, sino en una de altura al que fue invitado para una navegación corta. Pero ya estaba hecho y no había forma de que lo hicieran regresar, aun a pesar de su propia vida. Tenía que alcanzar esa luz, y no cejaría en su empeño.
Al fin, el viento fue amainando y la marejada también. La noche se hizo absoluta y únicamente la tenue luz del fulgor iluminaba su destino.
Pasado el tiempo, ya solo se escuchaba el traqueteo del motor. El silencio amenazaba de una manera indescriptible y las primeras luminarias de la mañana comenzaban a aparecer e inversamente a desaparecer lo que persiguió durante toda la noche.
En ese momento, el motor tosió y dejó de funcionar por falta de combustible. Luis con desesperación trató de darle marcha nuevamente aún sabiendo que no respondería.
Mirando el fulgor con lágrimas en los ojos, de golpe la misma se hizo intenso y se le acercó. Estaba pasando a muy pocos metros de su bote.
Casi sin pensarlo, se arrojó por la borda nadando en dirección de esta, absorbiendo el golpe del frío mar que lo dejo jadeando, casi sin sentido ..
Sabía que debajo de el, la profundidad superaba los 400 metros y una visión de esa distancia, le produjo vértigo.
Estaba cerca, solo un par de metros, cuando al fin, provino lo que debía suceder. El frío de las aguas se agarró de sus entrañas y provino el paro cardiorrespiratorio. Tuvo tiempo de pensar en ello durante los últimos segundos. Se acordaba muy bien de la muerte de su propio padre por la misma causa, y ahora tenía conciencia de su propia muerte.
CONTINUARA....
